MI TIO GABRIEL. EL EMPASTRE Y PICASSO.

MI TIO GABRIEL. EL EMPASTRE Y PICASSO.

Acabé mi última entrega cuando faltaba muy poco para que Maragall, mi admirado alcalde, tomara la decisión que más incidencia ha tenido en mi vida profesional; “Cabruja es mi candidato para director general de Fira de Barcelona”

Curiosamente, y por interés del personaje, muchos de mis queridos amigos me han pedido posponer este relato para más adelante, por la sorpresa que ha causado dar a conocer a mi tío Gabriel, el gran Caravaca. La figura del EMPASTRE. El torero que no fue. El artista, amigo de Picasso. Casi nada.

Recuerdo siempre las fechas de Navidad a través de los anuncios cuyo epilogo era; VUELVE A CASA, VUELVE A CASA POR NAVIDAD.

El timbre del piso suena con estridencia, la puerta se abre, el hijo que vuelve, la madre y la familia emocionada, y claro está, el olor a café que desprende la cafetera aún humeante.

Durante muchos años mi abuela, en la comida de Navidad tenía un recuerdo, que compartía con el resto de la familia, de su hijo Gabriel y sus lágrimas expresaban la pena de su ausencia.

Pronto supe que mi tío Gabriel vivía exiliado en Francia. Pero, más allá de esta información, imperaba, entre mis padres, el silencio de los perdedores de la guerra civil.

Año tras año fui creciendo sin conocer a mi tío Gabriel hasta que un día mi abuela, muy nerviosa, eso sí lo recuerdo, encontró la manera de ir a verlo a Arles, con su otro hijo, mi tío Paco.

Fueron a Arles. Lo encontraron bien. Un poco delgado. En realidad, siempre ha sido muy delgado. Lo colmaron de abrazos y besos.

Hasta aquí el recuerdo disperso que a su vuelta nos explicaron sobre el tío Gabriel.

Pero lo que me importa recordar, lo que se me quedó grabado para siempre fue el regalo que nos trajeron de Francia a mí y a mi primo Paquito, de parte de su tío Gabriel.

Unos pantalones acampanados. Lo nunca visto.! Tapaban los zapatos y, en algunos casos, hasta les sacaban brillo. La talla, al menos la mía, perfecta. Todo un prodigio de acierto.

Siempre asocié a mi tío Gabriel con la modernidad de aquellos pantalones de pata de elefante que llegaron a España bastante tiempo después. Y ese detalle me hizo sentirme importante.

Como si fuera un joven internacional, por decir algo, avanzado a su tiempo.

Y llegó el día de su vuelta a España.

No era Navidad. Era verano.

Hora de la comida familiar en nuestro piso de la Gran Vía.

Ring, ring. Suena el timbre y a mi abuela le da un vuelco el corazón.

¡¡¡Ay, Ay!!! Baja y abre la puerta Adolfito. Mira que si fuera el Gabriel.

Baje corriendo hasta la entrada de la finca.

Era mi tío. Comido por el sol. Arrugado, muy delgado, seco como un junco.

Venía de la frontera de la Junquera. Con un bulto similar a un “mocador de fer farcells” al hombro. Sin nada más que su sonrisa y un castellano afrancesado.

Que alegría. Que fiesta más grande.!!!

Mi tío Gabriel en casa. Mi abuela, la madre Pepa, ya no tendría que recordarlo en cada fiesta de navidad. Viviría con nosotros y lo cuidaríamos, como un miembro más de la familia, como el más deseado.

¡Eso es la felicidad, queridos amigos!

Pero en España mi tío tenía que legalizar sus papeles y sus antecedentes políticos.

¿Quién lo resolvió? Como siempre, mi madre. La María y sus contactos.

Y tuvo papeles y legalizó su situación. Y algunos trabajos esporádicos en la Fira y siempre, siempre, se acordaba de sus amigos de Arles y especialmente de Pablo Picasso.

Tío, ¿cómo lo conoció? ¿Cómo era Pablo Picasso?? Y siempre la misma respuesta.

“El maestro es un artista. Un añorado de España, de su gente, de los toros, de su música y del cante flamenco.”

¿Y sabes una cosa Adolfito ?.

“Yo le cantaba fandangos y él me decía”; 

“¿Gabriel porque cuando cantas cierras los ojos?”

Y mi tío Gabriel le contestaba “maestro porque me sé la letra de memoria.”

Espero que los incondicionales de mi tío Gabriel hayáis sentido lo mismo que yo cuando estaba escribiendo esta preciosa historia de mi familia.

Gracias nuevamente.

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